Canciones para después de una guerra (1971)

Radiografía implacable, emotiva, lúdica, de aquel tiempo, aquella posguerra. Una propuesta original, en complicidad con el espectador, juego de ritmos, imágenes y sonidos, sutiles asociaciones mentales, sin necesidad de recurrir a ninguna convención argumental. La magdalena proustiana que activa sus mecanismos interiores consiste en un collage de signos naïf, rescatados de la escombrera del olvido: cantares de patio de vecindad, de exaltación patriótica, de devoción religiosa, de formación escolar o de tugurio; tebeos infantiles, anuncios radiofónicos; escenografías del hambre, del miedo, de la desolación. Y la más paradójica necesidad de cantar, llevados del impulso por sobrevivir.

Insólito y audaz espectáculo, libre, disidente respecto a toda normativa, académica o industrial, política o estética. Tuvieron que prohibirla durante años, inútilmente, hasta la muerte del dictador. Estremeció a cientos de millares de españoles de todas las edades y conformaciones. Es el ‘después’ de nuestra guerra, -de cualquiera de las guerras-, su reverso desmitificador que objetiva, tántos años después, los restos del naufragio.