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(…) (¿Fuiste a ver la película Caudillo, como te ordené?) Repantingado en la butaca y comiendo pipas, como debe ser. Es una estupenda película para ver en un cine de barrio, para comentar en voz alta las peripecias de la pantalla, para insultar al malo de la peli y avisar de los peligros a lbueno, piropear a la chica, tatarear la música, etcétera. Lo pasé de cojón de mico. (¿Es cierto que el público insulta a los personajes de la película, al Caudillo y a su familia, a Fernández Cuesta, a Serrano Sunyer, a Sánchez Mazas… (A todos. No dejan títere con cabeza. Inolvidable espectáculo, increíble. Había dos filas delante de mí un sujeto que se puso morado de llamarle cabrón al Fernández Cuesta, era un obrero de Hospitalet, y se tronchaba de risa y la risa y la tos se le enredaban con los insultos cuando la vieja tortuga falangista suelta aquel discurso de imperial retórica con el que saluda a Franco llamándole Alejandro Magno, César y no sé cuántas cosas más. Regocijantes, los comentarios del anónimo espectador.

(…) Todo el público insultaba a Franco y a los demás a voz en cuello, con toda la fuerza de los pulmones y con auténtica fe. Vi a una viejecita terrible que, en esa escena sosegadamente familiar en que se ve al Caudillo y a doña Carmen con Carmencita niña, y en la que papá le dice: Nena, ¿quieres decir algo a los niños del mundo…?, y entonces moviendo los labios el Centinela de Occidente le apunta el parlamento a la nena, que se ha aprendido de memoria, y que no repito aquí para no mearme de la risa y ponerle a usted en una situación incómoda señor… (Reirse no es delito. Pero insultar provocando un posible altercado público sí) Pues vaya usted a ver la peli y detenga a todo el público, porque es todo el público el que insulta, es la repanocha general, el despiporre.

(…) Pocas veces en mi vida he visto una comunicación tan perfecta, tan cordial y vibrante, entre la pantalla y la platea: la película hace guiños de complicidad al espectador, y este responde automáticamente. Se la recomiendo, comi, pasará usted un rato agradable, menos con el reportaje de los bombardeos a Madrid, con mujeres y niños muertos por las bombas. ¡Qué cabrones!

(…) (Así pues, tú no viste a ningún provocador) ¡Ya lo creo que vi! Pero todos los provocadores están dentro de la película, con el Caudillo a la cabeza.

(…) Caudillo de Patino, constituye, a mi juicio, la verdadera mirada lúcida de este realizador; el inteligente análisis de la personalidad autoritaria, que para no caer en la paranoia de sus propios fantasmas, es capaz de desdoblarse esquizofrénicamente, transfiriéndole a medio pueblo la responsabilidad de brazo ejecutor del otro medio, como si fueran mandatos “necesarios”, caídos del cielo, del que él, mero sagrario de la ley, sólo era testigo paciente. ¡Hay personajes en la Historia que sólo en fotografiarlos radica su esperpento! A los que piden mayor compromiso, más revancha, más inquina, más partido, habría que decirles que contra la Cruzada de la muerte sólo hay el ejercicio de la vida; que no, que no podemos caer, como dice el mismo Patino, en la “fe púnica”; que al enemigo “que sabe”, sólo se le puede ganar con el amigo “que siente”, y lo demás sería caer en el lenguaje de las armas.

Aunque se trata de un documental, la película abarca varios géneros: algunos discursos, como el de Queipo de Llano en Sevilla, auténticas piezas de humor. No falta el romanticismo, a cargo de las Brigadas Internacionales. La comedieta cómica se lleva muy airosamente en aquellas primeras escenas familiares que se rodaron en El Pardo. La tragedia se da en unos pocos planos de Guernica. Y la comedia musical, muy vistosa, por cierto, llena de banderas y trajes bonitos, la interpreta la Falange. Luego está la epopeya, la auténtica y terrible epopeya de un pueblo entero que sufrió y murió heroicamente, sin tener culpa real de todo aquello.

(…) Frente a la última película de Basilio Martín Patino, lo primero que hay que hacer es descubrirse y respetar muy profundamente la constancia, la fe, el esfuerzo de su director por encontrar el apasionante material con que ilustra su película, en tiempos aún más difíciles que los que vivimos: aquellos en los que Franco, aún vivo, seguía controlando y dominando la realidad oficial española. Que, en ese ambiente y esas circunstancias, Patino se empeñara en recrear críticamente una biografía de Franco como representación omnipotente de la España de estos cuarenta años, es algo que tiene forzosamente que dejarnos perplejos y admirados. Pocas veces el cine español ha cumplido más valerosamente su misión de testimonio y vanguardia.

(…) El problema de las películas de Martín Patino es que a uno le gustaría verlas en su casa, en un proyector propio, donde se pudiera parar, retroceder y repetir para captar al detalle los mil y un puntos concretos, no especialmente principales, que se captan en el fondo. Naturalmente, los hechos que se narran se prestan a una subjetividad no sólo del propio autor, sino del propio receptor, y aunque los marcos de interpretación son más limitados que en Canciones…, caben diferentes emociones. Lo que no cabe duda es que, pese a la crueldad y falta de humanidad de los hechos, la película está llena de humanismo (…)

(…) Sólo por la recopilación de documentos auténticamente sorprendentes que ha logrado reunir, la película de Patino tendría ya de por sí un interés excepcional. (…) Pero resulta obvio que Patino no ha querido hacer obra de historiador, sino de “recuperador” del clima de un cierto momento histórico –como ya había hecho en Canciones para después de una guerra- a través de imágenes elocuentes, desgarradas, absolutamente conmovedoras. Caudillo es un acierto total.

(…) Puede haber quien crea que a estas alturas aparece inútil otra película sobre la tragedia española. Muy al contrario, y no sólo porque Caudillo sea el trabajo más notable realizado asta la fecha sobre este tema –al menos que nosotros sepamos-, resulta de extrema utilidad recordar.

(…) “La película fue para mí –declara Patino a una revista madrileña- la necesidad de conocer la guerra civil. Más que una película sobre Franco, que sería origen del terror y la violencia. Y la hice como reto liberador, cuando creí que debía hacerla, en plena vida del dictador, para sentirme vivo, porque ya experimenté una vez hacer cine con miedo y prometí no volver a dejarme avasallar”.

No estamos ante ningún producto panfletario ni nada que se le parezca. “Montar imágenes de archivo –afirmaba Patino a este respecto-, casi siempre mera arqueología, es una lucha por rescatar su sentido, su clima, el calor de los sentimientos. Todo consiste en lograr que el espectador no se quede en un mirón curioso y pasivo, sino que participe vitalmente con toda su responsabilidad; que las imágenes no sean signos muertos.

(…) Caudillo significa en la carrera de Martín Patino el fin de una etapa que él mismo ha calificado de clandestinidad o autoexilio. (…)

Si lo más decisivo que hizo Franco en la vida de los demás fue ganar la guerra (es, al menos hipotético, otro modo de acceso al poder, para después mantenerlo), y si casi todas las derechas han aceptado durante décadas su identificación con el régimen de Franco y con el calificativo de “franquismo”, el título “Caudillo” de esta película -que no es biográfica- está justificado. Porque no es sólo la figura de Franco (antes y durante la guerra) el objeto de la película de Patino. Con un material documental riquísimo, Patino hace una doble exposición de motivos.

(…) Lo importante de Patino es que con la carga emocional de que disponía en imágenes no ha hecho un film de provocación, sino un film esclarecedor. Patino, desde luego, sabía de antemano la convocatoria de la que es capaz su película, y se ha responsabilizado de ello (…)

(…) Patino va describiendo las distintas curvas de interés(…) A pesar del tono controlado de la exposición Caudillo es un filme épico, crítico y didáctico. El palpitar del pueblo español, la defensa de su libertad y de su destino quedan patentes a lo largo de esta obra que ofrece una lección magistral de lo que el cine debe al montaje, sin lo cual no sería lo que es. De esta manera sobrepasa las características de un filme-documento, para convertirse en una obra de arte. (…)

El pasado domingo se proyectó, con carácter de estreno mundial, la última película de Basilio Martín Patino, Caudillo. Con ella el realizador de Canciones para después de una guerra aporta, a nuestro juicio, un espléndido documento para la mejor comprensión de la vida de quien por más de cuarenta años gobernó nuestro país.

(…) El realizador, como ya lo demostró en sus Canciones… consigue un material cinematográfico de gran interés, inédito en muchas ocasiones, y lo selecciona guiado por un afán de conocimiento de unos hechos en los que la pasión se refrena en aras de una limpieza de exposición.

No hay en toda la película el menor amago de amargura, revancha o esquematismo. Hay, y en grandes proporciones, un gran respeto por quien, en definitiva, ha sido y es el protagonista de nuestra historia, el pueblo español.

(…) El público berlinés y la crítica especializada recibieron la película con un gran interés y a ella dedicaron una de las más largas ovaciones de cuantas se han prodigado, hasta la fecha, en este Festival, rompiendo, una vez más, el mito de que las películas de ámbito nacional sólo se comprenden en su país de origen. Ahora es la administración española la que tendrá que dar muestras de su grado de civismo, puesto que la película se encuentra a la espera de obtener su visto bueno.