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De Queridísimos verdugos ha dicho Basilio Martín Patino, su autor, que es una investigación sobre la pena de muerte y, más aún, sobre lo que él llama la “pena de vida”. Sería ésta la condena injusta e injustificada -motivada sólo por una deformada y aberrante forma de ordenación social- a una existencia que sólo ha podido desenvolverse en el dolor, en la miseria, en la pobreza absoluta. Para estos seres condenados a la pena de vida sólo existirán sinsabores; la realidad se mostrará en sus aspectos más crudo, más desgarrados. La película nos introduce así en inframundos que habitualmente ignoramos o pretendemos ignorar. Toda una realidad temida y huida, esa realidad que nos acecha y nos aguarda tras los muros de los hospitales y de los cementerios, esa realidad que afirma su verdad triunfante en los momentos de postrimería, despliega sus horrores en la obra de Martín Patino.
¿Qué ha pretendido el realizador con ello? En mi opinión, dejar constancia y memoria del dolor, recoger éste de la realidad y potenciarlo en su verdad más profunda. Con ello realiza en el cine uno de los más añejos y nobles ideales del arte, cumple una de las funciones más trascendentales que éste tiene encomendada.

(…) Sí que puede el arte –y el cine mejor que ningún otro arte- testimoniar el dolor, proclamarlo, sacudirlo ante nuestra vista; sí que puede intentar dejar memoria de él; sí que puede evitar que sucumba a la dispersión y al olvido (…).

I dic “tema” entre cometes perquè no sé com expressar la sensació de desolació i rabia que l’espectador té quan acaba de visionar el film. (…) Per a mi, alló que més em va irritar del film es la seva manca total de demagogia tot i que, no cal dir-ho el “tema” hi abocava. Ni la mort de Puig Antich –la sala del cinema va quedar en un silenci total i colpidor quan la pantalla ens donà, sense comentaris, la noticia periodística de la mort d’aquest anarquista cátala; ni l’entrevista feta als pares del soldat executat a Valencia, quan aquest ja era mort; ni la mateixa presentació dels tres botxins, són utilitzats per a aconseguir efectes emotius inmediats en l’espectador. (…)Aquesta absència de demagogia situa l’espectador en un atzucac: no hi ha escapatoria posible i cat mirar de fit a fit la pantalla i escoltar les explicacions de botxins, advocats i metges que parlen de com aquell altre, tenia una paranoia provocada per una sífilis; com l’altre va a matar per poder comprar un vestit de núvia per a la seva promesa.

Aparentment, el públic riu massa cops al llarg de la projecció. Però és la necessitat d’un procés catàrtic que ens allunyi d’allò que estem veient per a tornat-hi després, fatalment.

El mismo tema la hacía cruel y espantosa. Esto pensaron otras personas, encerradas hace dos años, un sábado de febrero, en una sala de pruebas de las afueras de Madrid. Eran el realizador, delgado y con la palabra temblante; Alberto Moravia, el Nobel de la pata coja; Dacia Marinai, su compañera, y Gian Vittorio Baldi, productor italiano, como los dos anteriores. Pasó Patino unos rollos de Queridísimos verdugos. Moravia estaba nervioso (…) Fue su compañera la Marinai, que estaba entusiasmada por el tema y la circunstancia, quien felicitó a Patino. (…)

Las primeras palabras de Basilio Martín Patino al finalizar la proyección ilegal, fueron: “Estoy acojonado”. Se emocionó, embutido en un traje rigurosamente negro, y no supo decir más a Opinión. Más a la derecha, Sueiro. Todo nervioso, artículó: “Estoy temblando”, y distrajo los ojos, inquieto, con sudor frío en la frente.

(…) Queridísimos verdugos es una obra maestra y algo más: una ejemplar lección humanista. (…) Patino hunde el escalpelo hasta el fondo en su análisis espectral de la sociedad española. No lanza prédicas ni discursos.(…)La consecuencia es un testimonio sobrecogedor que hay que ver.

(…) Ellos son la cara inconfesable de un edificio montado sobre las grandes palabras. Son el rostro que uno no quisiera ver nunca. Pero en esta película atroz y hermosa se ven; y se les oye y se les escucha reflexionar sobre la “necesidad” de su oficio. ¿Se les puede pedir a ellos que vean críticamente un oficio que la sociedad ha creado envuelto en pomposas declaraciones? Queridísimos verdugos es una película liberadora, una película ejemplar.

Magistralmente, Patino contrapuntea su relato con la historia de sus víctimas: criminales famosos como El Monchito o Jarabo, y luego otros desgraciados, ya olvidados, pobres miserables arrastrados al crimen por la locura o por la necesidad. Sin caer en ningún didactismo, Queridísimos verdugos nos enseña, con absoluta nitidez, que la justicia tiene un carácter de clase, que el garrote se hizo para los pobres y para los rebeldes. La espantosa historia de Martínez Expósito –uno de los últimos ejecutados por delito común en el país- es utilizada por Patino con excepcional dramatismo: la entrevista a los padres que esperan vanamente el indulto, la intervención del abogado defensor, la descripción del medio social del reo, tienen una intensidad casi insoportable. Como la tiene el rostro de Puig Antich en uno de los planos finales de la película.

(…) Con Queridísimos verdugos, Martín Patino ha conseguido una obra sobrecogedora, su obra maestra. Ha dado la talla de un artista, para el cual el cine no es un instrumento de evasión, sino de reflexión crítica y de propuesta transformadora.

Con medios muy escasos, pero con mucha inteligencia y sentido del cine, Basilio Martín Patino ha realizado un espléndido documental, con momentos fascinantes, sobre la forma española de la pena de muerte.

(…) De una forma directa y ascética, Martín Patino ordena cinematográficamente sus propósitos e inteligentemente impide el acceso del panfleto y la irrupción del alegato. Quiero decir que construye una película política, pero no por las vías habituales y fáciles, sino de una forma más honda y, seguramente, más penetrante, aunque incapaz de producir efectos espectaculares e inmediatos, incitando más a la reflexión que a la protesta.

(…) Una película que, para empezar, nos ofrece un retrato cabal de tres seres humanos, que la cámara nos descubre sin necesidad de forzamientos ni de intervenciones ajenas a ellos mismos. Son tres tipos humanos, tres biografías, tres conciencias e incluso tres muestras de orgullo profesional. Y a la vez que ellos, sus circunstancias, las que les condujeron a ejercer una profesión que aceptan y asumen, pero intentan justificar, en cierta manera. La verdad es que los tres tipos producen un interés indudable, el interés de las cosas verdaderas y vivas.

Como digo, lo más admirable de la película es el rigor y la inteligencia con que ha sido planteada y realizada; el interés que despierta la alusión de cualquier tendenciosidad que enturbie la claridad de los propósitos e incluso la suave incursión de la ironía en determinados momentos, para suavizar la terrible tensión que el tema produce, así como el mantenimiento, a todo lo largo de la trama, de cierto humorismo sarcástico que se detiene en la frontera del respeto a los seres humanos.

(…) Queridísimos verdugos es buen cine, difícil buen cine. Con un tema áspero, el rigor y la inteligencia dan una lección.

(…) Aunque aparentemente el film parece adoptar las formas tradicionales del documental (…), esta apariencia sólo será un pretexto para proceder al desmontaje de los artilugios retóricos que suelen querer hacer de este género poco menos que un lugar donde se deposita, incólume, la verdad que se presume falseada por los relatos convencionales.

(…)En las antípodas de tal planteamiento, Queridísimos verdugos no renuncia a la utilización de toda una batería de recursos narrativos y de puesta en escena con la finalidad evidente de sacar a la luz aquello que tiende a ajustarse tras las meras apariencias. En este sentido el film de Martín Patino pertenece de lleno al tipo de praxis artística reclamada por Bertold Brecht .

(…) Desde el uso de la música (la solemnidad de Bach coexiste con los romances populares, las canciones infantiles o con el uso del canto gregoriano), hasta la utilización del montaje alternado (véase, por ejemplo, la escalofriante secuencia de los asesinatos de Gandía, que no por azar clausura prácticamente los relatos de crímenes y ejecuciones y en la que la convocatoria del pretérito deja paso al presente insostenible pues el cineasta filma la patética espera de los devastados padres de un reo cuya ejecución coincidirá con las fechas del rodaje). (…)En esta singular manera de maridar dos de las grandes tradiciones estéticas del arte español la que otorga toda su originalidad al trabajo de Martín Patino. O mejor dicho, esta originalidad reside, en concreto, en la manera en la que el cineasta saca a la luz la veta esperpéntica como reveladora de la realidad.(…). Que esto suceda no mediante el desgarro del trazo o la sistemática deformación de los elementos que comparecen en el film sino mediante la técnica mas sutil de “dejar hablar al enemigo” no deja de ser otro de los grandes aciertos de Patino y emparenta además su trabajo con la obra de cineastas tan interesantes como los alemanes Heynowski y Scheumann.

(…) Nadie que la haya visto habrá olvidado el ligero temblor del labio que deja traslucir la emoción que embarga a Antonio Ferrer Sama, abogado de José María Jarabo, cuando describe la espantosa muerte de su cliente. Pero si hay una imagen en la que se sintetiza la fuerza del film y la dureza de su denuncia es en esa mirada perdida, en esa expresión patética del rostro del padre de Pedro María Expósito, el asesino de Gandía, filmado en la tensión de la espera del posible indulto para su hijo. Lo que nos interpela desde esa imagen insostenible es, precisamente el hecho captado de manera inexorable por la cámara cinematográfica, de lo que estaba por llegar. Tras de esa mirada perdida habita, ya para siempre, por la fuerza del cine, la muerte en camino.

(…) Testimonio estremecedor sobre la España negra de nuestro días, Queridísimos verdugos trasciende ampliamente el carácter de reportaje que presentaba Canciones para inscribirse con toda naturalidad en la gran tradición española del humor negro y singularmente de la novela picaresca (no en vano Patino rodó en su única aproximación a TVE un Rinconete y Cortadillo que permanece inédito por obra y gracia de Fraga). El relato que hace Antonio, el verdugo de Badajoz, de su propia vida, al principio de la película, es heredero directo de las narraciones autobiográficas de cualquier pícaro del barroco, con su riqueza popular de lenguaje y su mismo sarcasmo. Sólo que aquí son seres vivos los que actúan ante la cámara, con toda su rica complejidad.
La actitud que adopta Patino en Queridísimos verdugos participa de idénticas cualidades que sus modelos clásicos: como en Velázquez, hay la misma ternura y el mismo respeto por una realidad feísta; como en Quevedo y Goya, la misma crítica feroz de una sociedad que engendra monstruos. Los verdugos son víctimas de la sociedad que los produce; la comprensión de esta situación paradójica impregna de ternura la mirada de Patino. Queridísimos verdugos empieza casi en tono de comedia para acabar en puro esperpento, a medida que la película pasa de la presentación de los verdugos como seres humanos a la visión del mundo en el que prestan sus “servicios” (…).

Con su mirada sombría y su aire de hidalgo decaído, el verdugo de Sevilla condensa en su danza de la muerte el esperpento tragicómico de la realidad española de nuestro tiempo.

(…) No parece nunca que se den cuenta que la cámara les está rodando, que una máquina grabe sus palabras. Sólo en algunos momentos hacen algún guiño al espectador. Se sienten a gusto, naturales, espontáneos, llegan a parecernos unos actores excelentes. La cámara les muestra tal y como son, y esta diafanidad de la mirada provoca en el espectador como una especie de sobresaltado pavor. El verdugo es un mito de la Humanidad, pero Patino los muestra en su vida cotidiana, convertidos a la vez en espectáculo.

Pero el film alcanza todo su significado no en el hecho de que este material que parecía imposible exista, sino en todo el planteamiento histórico que se da del hecho de que exista una maquinaria legislativa tan barroca, de que la pena de muerte sea una costumbre histórica, de que tanta miseria sostenga hechos tan atroces como los que se nos narran. Porque Queridísimos verdugos es un film humanista, que no desprecia el espectáculo, que lo utiliza moralmente para comprometer al espectador. Alcanza un tono popular en la descripción de una serie de crímenes atroces, explicando tanto a los asesinos como a sus ejecutores. Es mas que una reflexión sobre la pena de muerte. Es una reflexión sobre la sociedad que la provoca. Una lacerante reflexión sobre la miseria de la condición humana. (…)Durante seis meses, en los sótanos de su casa, adherido a la moviola como a una piel, Patino trabaja con este material, al que da la forma de una cantata de Bach: una serie de solos, acompañados por elementos corales. No sólo hablan los verdugos: un psiquiatra, un magistrado, un abogado, un biólogo añaden dimensiones sobre los hechos. Imágenes de archivo, periódicos, dibujos, fotografías, y cuadros ilustran su trabajo, hablándonos del hombre en una situación límite: el hombre frente a la muerte administrada legalmente.